El hombre es un ser acojonante. Podemos pasar de la mayor de las euforias a una calma chicha en cuestión de segundos. Incluso nos permitimos el lujo de cuando en cuando de transformarnos en actores y vivir el momento como lo haría el mejor actor hollywoodiense de turno. En esta situación uno va tranquilamente de un lado a otro con las manos en los bolsillos y de vez en cuando se para y mira al horizonte. En todo momento tú sabes que estás interpretando un papel (que curioso, estás interpretandote a ti mismo) pero no puedes dejar de hacerlo. Y mira que hay veces que lo intentas, ¿eh?. Pero nada, una fuerza interna te prohibe expresamente.
Así que, condenado a actuar en pose reflexiva, te rindes y te pones a pensar. Total, que lo que empezó como un mirar al infinito sin ninguna razón se convierte en toda una reflexión sobre ti mismo. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Por qué las cosas que tengo pensado hacer no las hago? Estas y otras del mismo estilo son preguntas sin solución pero que en esos momentos te haces buscando como agua de mayo un rayo de esperanza que ponga fin a tanta diátriba.
Por suerte es una situación que más tarde que temprano acaba. Un rato después o al día siguiente volverás a actuar y moverte sin estar atento a tus gestos y sin fijar la vista enfrente. Y entonces seguramente no te des cuenta de que has hecho este transito y serás feliz e inconsciente otra vez.
3.1.07
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
